Saga primario
Es un libro de historia

Cuando La Tierra Nació Del Fuego

No es un único grupo el que se abre paso por el sendero cósmico, sino varios, cruzando una y otra vez el mismo trayecto. Al hacerlo, se cargan de partículas suspendidas, alimento ardiente que va nutriendo el interior de sus núcleos en ebullición. El aire, denso y cargado de historia, acaricia lentamente los trozos de materia flotante. Meteoritos pesados, de superficies rugosas, se recuestan unos sobre otros como si buscaran abrigo, aprovechando la presión espontánea para orquestar un movimiento constante, rítmico, casi deliberado, entre los colosos rocosos.

Una piedra incandescente, roja como una brasa viva, cae sobre otra. Ambas se amontonan en medio del anillo de polvo, allí donde el viento golpea con mayor fiereza. La corriente arrastra porciones de materia hacia el centro de esa danza pedregosa. En un radio de apenas unos metros, las rocas colisionan una y otra vez, con tal violencia que saltan chispas al espacio exterior. Algunas se elevan, otras caen, y alrededor se encienden pequeñas llamas. Varios meteoritos estallan, partiéndose en fragmentos incandescentes; otros, aun ardiendo, recogen esos mismos trozos y con ellos se fortalecen, creciendo sin descanso.

Los golpes, constantes e implacables, incrustan entre las grietas minúsculas de polvo elementos primarios: magnesio, aluminio, hierro en abundancia. Cada impacto es un ladrillo en la construcción del caos. Las partículas pequeñas se aglutinan, formando masas cada vez mayores, hasta que de entre las entrañas del montículo brota una llamarada de calor abrasador. A través de las grietas, asciende una temperatura que supera los 7.000 grados, liberando gases vaporosos que resbalan por los bordes antes de alzarse, serpenteantes, hacia la oscuridad del cielo.

Algunas rocas, más densas y pesadas, logran hundirse hasta el núcleo, donde el calor las funde en hierro líquido. Las demás flotan en la superficie, creando una capa elástica, una corteza primitiva que envuelve el cuerpo ardiente. Un fulgor rojo azulado se extiende por toda la plataforma. El calor recubre la materia, moldeándola, fortaleciéndola, hasta convertirla en una esfera palpitante que comienza a acariciar su incipiente atmósfera.

Y mientras tanto, el planeta —recién nacido, aún sin nombre— gira bruscamente sobre sí mismo. Su movimiento busca conservar el calor que late en su interior. Entre los restos recogidos por los vientos primordiales, algunos compuestos químicos comienzan a transformarse en vapores que se elevan suavemente. Al alcanzar la superficie, flotan como nubes de fuego, teñidas de rojo intenso. El viento, ya furioso, sopla sin descanso, arrastrando partículas de polvo escarlata que terminan formando un anillo flotante, etéreo, atravesado por los primeros y tímidos rayos de un Sol distante, que apenas comienza a bañar de luz este nuevo mundo.

La esfera mediana gira bruscamente sobre sí misma, envuelta por un vasto océano de lava que palpita como un corazón desbocado. A cada vuelta, se alargan con elegancia las incandescentes llamaradas, que danzan como lenguas de fuego al compás del caos. El ambiente queda teñido por un espeso resplandor rojizo que no se desvanece, como si el aire mismo ardiera con cada inhalación del planeta.

Del capítulo tres.

El Recuerdo Del Deshielo

Aún existe nieve sobre la superficie. No la que cae en silencio, sino la que permanece. La que ha sobrevivido al paso del tiempo sin derretirse, quieta, aferrada a la piedra, como si protegiera algo antiguo.

El hielo no se rompe de golpe. Cede. Cede como cede la memoria cuando empieza a despertar. No grita. No cae. Se curva. Se agrieta. Se entrega.

Desde lo profundo, la presión se hace latido. No hay explosión, no hay fuego. Solo un calor que sube. Que pulsa. Que insiste. Las grietas se abren lentamente como párpados que han dormido demasiado.

Y el mundo… respira.

Respira por primera vez en mucho tiempo.

No hay luz todavía, pero el resplandor del movimiento es suficiente. Las placas, como inmensas losas sepultadas bajo siglos de quietud, se deslizan, rozan, se apartan. Es un baile de estructuras ciegas que se buscan sin saber por qué. Un rumor tectónico que viaja desde el centro del planeta hasta la nieve que cubre sus huesos.

Bajo esa costra helada, la vida no ha muerto. Solo ha aguardado.

Allí, en una hendidura que el calor empieza a despejar, burbujea una fisura en la roca. Y en esa hendidura, un susurro: la célula que se aferra. La que sobrevive. La que no se rinde.

Nada la observa. Nadie la guía. Pero ella está. Y eso basta.

Sobre la superficie, la nieve empieza a derretirse en hilos. No se va. Se transforma. Cae en gotas pesadas que recorren la piedra con lentitud, dibujando surcos que parecen cicatrices nuevas. La Tierra no se lamenta. La Tierra recuerda.

Porque cada trazo del agua sobre su piel es una señal de retorno. De lo que estaba dormido y vuelve a ser.

El hielo retrocede.

La vida espera.

Y lo inevitable comienza.

Allá arriba, más allá del hielo que se retira, el cielo también cambia. No de forma ruidosa, sino como quien se despereza tras un sueño interminable. Las nubes, que habían estado quietas, sin forma, sin ritmo, empiezan a moverse. No huyen, no llegan… solo se arrastran, como velos grises que buscan lugar en la vastedad del aire.

El clima no tiene prisa.            Del capítulo 10

¿Cómo Lo Ves Ahora?

El tiempo, vasto e indiferente, se pliega. Las temperaturas caen lentamente, como si el universo hubiera decidido hacer una pausa, un respiro helado. El aire que alguna vez fue denso y cargado de vapor, ahora se espesa y se congela. Las aguas, antes en movimiento, se vuelven pesadas, se ciñen a la tierra con una quietud que corta el aliento.

La atmósfera, incapaz de retener el calor de antaño, se enfría, se torna rígida. El suelo, que alguna vez fue flexible y cambiante, se endurece bajo el peso del frío. Las montañas que aún luchaban por formarse, se congelan en su ascenso, sus picos cubiertos de una capa de hielo. La corteza terrestre se ve reducida, el bullicio de los volcanes apagados por el manto gélido que se extiende por el planeta.

En una franja de tierra que, en un futuro lejano, será conocida como la Península Ibérica, la lucha por la vida se convierte en una contienda de silencio y resistencia. La tierra misma, por su parte, se pliega y se curva, como si las frías manos del tiempo la moldearan. Los ríos, antes impetuosos, ahora fluyen con cautela, casi congelados en su curso. La vida, ya frágil en su existencia, se oculta bajo la capa helada que cubre todo, mientras el futuro se despliega sin ser percibido.

Nada se mueve, salvo el viento, que lleva consigo los ecos de un pasado lejano y la promesa de lo que aún está por venir. El frío domina, pero no por completo. La tierra, en su silencio eterno, guarda en su interior los secretos de lo que será, como si el hielo mismo lo guardara celosamente, sabiendo que el tiempo no olvida. El frío es absoluto, sin embargo, bajo esa capa helada, la historia continúa escribiéndose, sin que nadie lo sepa. La vida, si aún se puede llamar así, se repliega en la quietud de su propio congelamiento.

La Península Ibérica, aún sin ser, ya empieza a formar parte de esta danza gélida, este cambio monumental, que solo el tiempo observa, sin apresurarse, sin prisa, esperando su momento.

En la vastedad helada, las primeras criaturas, pequeñas y frágiles, titilaban como sombras temblorosas. Su existencia, que aún no comprendía la magnitud del frío, se veía desgarrada por la necesidad de calor, de vida. Sus cuerpos, tan simples como antiguos, se encogían, se contraían, en un intento inútil por protegerse de la mordedura gélida que se infiltraba en sus entrañas.

Bajo el manto blanco que cubría la tierra, estos seres luchaban con cada aliento. No había lugar para el reposo, no había espacio para la calma. Sus células, heladas y atónitas, vibraban en un intento desesperado por conservar lo que quedaba de su calor interno. Cada movimiento era una resistencia, una necesidad de encontrar refugio, de sobrevivir. En sus cuerpos, aún tan rudimentarios, algo se encendía con la fricción del frío. Era el instinto puro, el deseo primordial de la vida.

Se agachaban sobre el suelo, buscando, sin saberlo, las pequeñas fisuras de calor que aún quedaban en la tierra. El brillo de su desesperación era efímero, pero resplandecía con fuerza, como si la misma vida quisiera atravesar la opaca cortina de hielo.

Del capítulo 16

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