
EL MISTERIO DE LA IGLESIA
Sentado al volante de mi vehículo rojo, circulo por la autopista con unos veinte años de experiencia, más o menos. Giro la vista, distraído por el resplandor de un cartel luminoso. Al hacerlo, el volante se desvía ligeramente hacia el cartel, un cincuenta por ciento, calculo. El cielo va oscureciendo, así que el letrero debe de haberse encendido hace poco.
El resplandor de algunas ventanas del edificio contiguo me permite ver el exterior: el aparcamiento está bastante vacío. ¡Qué suerte! No tendré que hacer ninguna maniobra para dejar bien aparcado mi vehículo.
Cuando el motor se detiene y apago los faros, me dispongo a salir. Al bajar los pies, mi vista se fija en la superficie de cemento, dividida por líneas pintadas en el asfalto que delimitan los espacios. Me levanto del esponjoso sillón reclinable. En vez de cerrar la puerta con la mano, echo el pie hacia atrás y le doy un golpe seco en la esquina: la puerta se cierra con un ligero portazo. Con las llaves del vehículo en la mano, echo el cierre. Me giro y, con una última mirada para asegurarme de que queda perfectamente cerrado, continúo en dirección a la puerta principal del hotel.
La puerta es de cristal, con algunos dibujos suaves. Paso con cautela por la puerta giratoria, con el frío pensamiento de que podría quedarme atascado entre alguno de sus huecos. Al entrar, me encuentro con el mostrador vacío. Instintivamente, presiono el timbre con la palma de la mano, de forma progresiva, mientras espero que alguien acuda.
Echo un vistazo a mi alrededor: un largo pasillo con algunos cuadros en las paredes, dos hileras de puertas a ambos lados. En los espacios entre las puertas descansan algunas sillas tapizadas de color beige con ribetes dorados. Camino de un lado a otro del pasillo.¡Cuánto tarda!
Doy otra vuelta, observando las paredes y la entrada. Cuando me encuentro de espaldas al mostrador, escucho una voz:
—¿Qué desea usted?
Me apresuro a acercarme y respondo:
—Una habitación.
—No nos queda nada libre.
—Pues necesito algún sitio donde dormir.
—Solo podría ofrecerle la suip nupcial. Es más cara.
—Está bien. Esa me servirá.
—Firme aquí.
Mientras firmo, ¡él me pregunta!
Kilómetro Cero Del Duelo
Volví a la autopista como quien regresa a una herida mal cerrada. El asfalto seguía allí, negro, largo, indiferente. Mi coche rojo parecía más pequeño que nunca, encogido por el peso que no llevaba en el maletero, sino en el pecho. El motor ronroneaba como si supiera adónde íbamos, y no quisiera. El entierro de mi madre. Cómo puede caber tanto en una frase tan corta. Pasaban los kilómetros como si me los tragara yo, no el coche. Cada señal de tráfico me gritaba un recuerdo. Cada curva tenía la forma de su espalda doblada al final. El retrovisor me devolvía mi propia cara y no la reconocía: los ojos eran los de alguien que no ha descansado, a un que si dormí no sé.
A veces, cuando el motor calla un segundo entre marchas, me parece oír el agua. No está que no se ve y corre tras las cunetas, sino la otra, la del río. Tenía cinco, tal vez seis años, y mi madre lavaba en la orilla, de rodillas sobre una piedra que parecía esperarla desde siempre. Frotaba la ropa con fuerza, como si en cada prenda pudiera borrar la fatiga del día. Yo me metía en el río, río abajo, y nadaba por debajo del lugar donde ella lavaba. Me sumergía en silencio, sintiendo el peso fresco del agua en la espalda, y pasaba como una trucha por entre las piedras, justo bajo el eco de sus movimientos. A veces salía a la superficie sin hacer ruido, y la miraba desde el otro lado de la corriente. Su espalda recta, sus brazos firmes, la falda arremangada, el gesto que no se permitía aflojar. El agua olía a jabón, a sol, a romero arrancado. Yo creía que siempre estaría allí, inclinada sobre el río, lavando la vida sin saberlo. Ahora, mientras el coche devora el asfalto, ese río parece más real que esta autopista. Más real que su ausencia.
Los coches me adelantan como si yo no existiera. Faros que se acercan, rugidos que pasan, luces que desaparecen. Todos tienen prisa. Yo no. O tal vez sí, pero es otra prisa, una que no corre con ruedas ni relojes. Sigo en mi carril como un fantasma que ha olvidado el camino. Sigo pensando en el río. En ella. En el olor del agua mezclado con jabón de sosa. En cómo el sol hacía brillar sus muñecas mojadas. Los demás conductores no lo saben, pero yo llevo un río dentro del pecho. Por eso no acelero. Por eso no pito. Por eso me quedo ahí, detenido en marcha, mientras me cruzan vidas que no van al entierro de nadie. Me pregunto si alguien más, en algún otro coche, también va pensando en su madre muerta. O si soy el único que lleva a la muerte sentada al lado, sin cinturón.
Entonces, el coche salta. Un golpe seco, brutal, el volante se tuerce y todo tiembla. “¡Mierda! ¡Joder! ¡Maldita sea!”. Grito solo, pero me escucho como si alguien más estuviera ahí. Fue un bache. Uno enorme, invisible, tragado por la sombra de un árbol. “¿A quién se le ocurre no arreglar eso?”, escupo, como si pudiera culpar al mundo de mi duelo. Aprieto los dientes, golpeo el volante con la palma. Quiero llorar. Pero me sale rabia. A veces, cuando el dolor se queda atascado, solo sabe salir como furia. Y yo, ahora, soy todo bache.
El volante aún tiembla bajo mis manos, pero yo ya no. El grito se me ha ido resbalando por la garganta y ha caído en alguna cuneta del alma. Me quedo en silencio. Sigo conduciendo, más despacio todavía. Como si el coche sintiera vergüenza por el golpe. El río se ha ido. Mi madre se ha ido. Me ha quedado el ruido del motor y el zumbido débil de las ruedas que siguen, tercas, como si supieran a dónde. Entonces veo la aguja. Baja, muy baja. Casi tocando la línea roja. La gasolina. Claro. ¿Cómo no me di cuenta antes? ¿En qué momento olvidé que todo se agota, incluso lo que hace andar? Miro a los lados,
El Autoestopista
Salí del aparcamiento como se sale de un sueño del que no se quiere despertar del todo.La autopista me recibió vacía, sin un solo coche a la vista. Eso fue lo primero que me inquietó. Lo segundo, no sabría decirlo. No pensaba. Solo conducía. A veces, eso basta. Mantener el coche entre líneas. No mirar el retrovisor. No tocar la radio. Las cortinas de cuadros del comedor seguían flotando en mi cabeza, igual que la mirada del camarero. ¿Me había dicho algo antes de irse? ¿O lo imaginé? Sentí un nudo en el estómago. No de hambre. No exactamente. Tenía la sensación —vaga, absurda— de que algo me seguía, pero no desde la carretera. Desde más atrás. Desde dentro.
No fue hasta el tercer desvío que me di cuenta de que no estaba solo. No lo supe por un ruido o una sombra, sino por un cambio en el aire, por ese escalofrío lento que se instala en la nuca sin motivo. El asiento del copiloto crujió con un sonido demasiado real, demasiado presente, y me obligué a no mirar. Dije en voz baja que no era real, como si con eso bastara para ahuyentarla, pero el silencio que siguió no fue vacío, sino denso, casi contenido. Entonces la oí respirar. Su respiración. Entre cortada, cargada de años y de rabia. No era un fantasma de película. Era algo peor. Era mi madre. Y estaba enfadada.
Lo vi en el arcén, inmóvil bajo una farola que parpadeaba como si dudara de sí misma. Levantó la mano con desgana, sin esperanza, como si ya supiera que yo iba a detenerme. No sé por qué lo hice. El coche frenó solo, como si fuera suyo el impulso. El hombre subió sin decir palabra. Tenía una mochila raída, las uñas sucias y una calma que no pegaba con la hora ni con el sitio. Cerró la puerta con suavidad y me miró como si ya me conociera. “¿Bersán?”, pregunté sin pensar. Él asintió despacio, sin sorpresa. Como si el nombre no le importara. Como si no fuera suyo, pero lo llevara puesto por un rato. Durante varios kilómetros no dijo nada. Tampoco yo. Pero sabía que lo había notado. A ella. Al peso de su presencia. Al frío que se acumulaba en el cristal del copiloto. A su rabia. Porque, por primera vez en todo el viaje, alguien más la había sentido.
—No te asustes —dijo Bersán al fin, con una voz que parecía venir de lejos, pero que se clavaba en los huesos—. Sé quién te sigue. Lo miré, sin saber si debía temerle o confiar en él.—¿Quién? —pregunté, la voz más baja de lo que esperaba. Él sonrió, pero era una sonrisa sin alegría, como un anuncio de tormenta.—No es un “quién”, sino un “qué”. Tu madre no se ha ido, al menos no del todo. Y no está en paz.
El coche siguió rodando, pero el aire dentro parecía espesarse.—¿Y qué quiere? —pregunté, sintiendo que mi garganta se cerraba.
Bersán se encogió de hombros y luego señaló hacia el retrovisor.—No siempre queremos escuchar las respuestas. Pero si sigues conduciendo sin mirar atrás, ella te alcanzará. Y entonces, no habrá vuelta atrás.
